Hoy es mi cumpleaños. Acabo de pasar el medio siglo de vida y me parece que han sido demasiadas las cosas que me han tocado vivir. Las citas en el hospital, las sesiones de qumioterapia. la dieta obligada para estar mejor cada día. Tengo cancer desde hace algunos años y cuando el médico me confirmo la noticia que tenía esta enfermedad senti que mi vida había terminado. Me considero una mujer fuerte y trate de ser fuerte. Fuerte y Optimista. De sonreirle a la vida, esta vida que al parecer me habia dado la espalda.
Empecé entonces a revisar todos los contenidos referentes al tema. A leer las revistas especializadas, los testimonios. Conseguí algunas peliculas con historia reales pero despues ya no pude verlas. Me conmovian demasiado y no queria sentirme triste. Todos los que me conocian se sorprendieron de mi gran actitud, de mi buen animo y me daban frase de aliento y esperanza. Yo les mostraba mi mejor cara, sonriendo para hacerles sentir que estaba haciendo mi mejor esfuerzo.
Pero la procesión va por dentro -como dicen- y preferia ocultar mis desanimos, como cuando me vi en el espejo con la cabeza rapada por primera vez y por un momento se hizo inocultable que algo en mi estaba mal.
Porque lo interior, mis miedos internos podia sobrellevarlos sin que nadie se enterara. Y me repeti tercamente que no me iba a dejar vencer y decidi volver con mi rutina de ejercicios y sacarle provecho a mi nueva apariencia. Y comenzé a a comprarme pelucas y peinarme diferente para cada ocasión. Volvi a sentirme enamorada y después de pensarlo mucho me case, con la incertidumbre de no saber cuanto tiempo disfrutaria de mi matrimonio.
Ayer luego del almuerzo me quede planeando todas las cosas del día de hoy. Las invitaciones, las reuniones con la familia. Me han llamado mucho por teléfono y espero poder cumplir con todos los compromisos. No he querido decirlo pero hoy me he sentido muy cansada, más de lo habitual. Es cierto que mi cuerpo ya no responde como antes pero esta vez he sentido el peso extremo del cansancio y he preferido acostarme temprano.
Por ratos he abierto los ojos en la madrugada, con las imagenes que me han venido a la cabeza de todos los cumpleaños anteriores. Algunos muy felices, otros no tanto. He hecho el resumen de mi vida escuchando el ruido de a ciudad que se va despertando y siento que a pesar de todo he sido feliz. Que el haber tenido esta enfermedad me hizo sacar lo mejor de mi y dar todo lo que tenia para seguir adelante. y asi dar un poco de aliento a todos los que sienten que ya no pueden más.
Siento que sonrio agradecida y puedo percibir unas lágrimas caer pero ya no tengo fuerzas para limpiarlas. Solo cierro los ojos pensando en mi madre, en mi esposo, en mis hermanas que me han cuidado tanto y me estremece una sensación de despedida que ya no puedo detener. Solo alcanzo a juntar mis manos reconfortándome ante el silencio de la mañana que empieza y me digo: Feliz cumpleaños negrita, en un susurro imperceptible, por última vez.
El grupo sentado en carpetas de madera, alineadas una al lado de la otra; bordeando el salón rectangular. La espera prolongada para la práctica final. El ambiente diferente, alquilado a último momento para terminar la clase pendiente. El aula ahora más pequeña, los asientos formando el escenario para la representación de la audiencia.

Siempre me gusto proteger a la reina. Como amante del ajedrez, en cada partida condicionaba el tablero para que ella fuera la protagonista y desplegaba todos mis esfuerzos para que sea ella quien diera la estocada final.
Me gustaba ver la angustia de los retadores, el pase de la subestimación a la sorpresa cuando se veían derrotados y no podian creer que una jóven de 17 años les pudiera ganar a los más experimentados. Mi padrastro fue quien me enseño a jugar y al ver mi talento contrato un maestro particular.
Fue justamente en nuestro último encuentro, antes de su muerte, que me entregó un sobre con el apellido de mis verdaderos padres. Me propuse encontrarlos, averiguar las circunstancias de mi adopción. Traer de regreso los recuerdos que se habían borrado de mi mente.
En las afueras de la ciudad encontre la casa donde vivieron y donde aún habitaba mi madre. Su cabello estaba ya canoso por los años y tenia un andar apuradizo, que me hizo recordar el mio. La seguí a la iglesia y luego al comedor municipal donde me atrevia hacer mi primer movimiento.
Me senté frente a ella y me miro de arriba abajo, excusándose de no poder hablar con extraños, apurando la comida que ya estaba fría y al momento de irse el dependiente me susurro al oido que ella era una asesina-estuvo en la carcel por matar a su esposo- pero eso ya lo sabia.
Fue entonces, que tuve la pesadilla, luego de haber perdido con un oponente fácil, que me tendió el anzuelo ofreciéndome su reina cuando eso significaba perder el juego. Fue esa noche que recorde lo que habia sucedido. Como mi llanto incesante había desesperado a mi madre y al no poder controlarme, me sumergió en el lavado, con la boca tapada. Mi padre entró en ese momento, recriminandola por su acción y tratando de calmarla. Y entonces mi madre le hundio el cuchillo de cocina tres, cuatro veces. Ahora lo recordaba todo y senti el miedo terrible, el miedo que se siente cuando te enteras de la verdad y no puedes aceptarla.
Huí de la casa, con miedo a que mi madre me siguiera, a sus represalias, pero no aparecio. Carlo me encontro bajo la lluvia, -me había seguido desde que le conte que me reuniría con mi verdadera madre- llorando incoteniblemente y nos alejamos de alli para siempre. Días después recibi una carta donde mi madre me decia lo mucho que me queria y que no me reprochaba por no haberme quedado a su lado. Me agradecía porque los pocos momentos que pasamos fueron los mejores de su vida.
Frente al tablero Carlo acaba de hacerme jaque mate y no se lo puede creer. Me dice que le he dejado ganar y le digo que no, que no me he dado cuenta.-Ni siquiera te has enojado- me reprocha, y entonces en un arranque alzo el tablero y las piezas vuelan sobre nosotros y le repito -si, estoy furiosa vez? furiosa¡¡¡- y suelto una risa nerviosa, mientras aprieto la reina blanca que tengo oculta en mi mano, y que guardo celosamente hasta la próxima batalla.
La espera era lo de menos. Tener que llegar luego del largo viaje, hacer la cola, esperando que fuera más corta que la vez anterior, desilusionarse de nuevo al verla crecer cada vez. La revisión de rutina, la mirada de los guardias auscultándola de arriba abajo, mantener la mirada neutra tratando de no decir nada, de no mostrar señales de temor o de cólera. Mañana ya serian tres meses de ausentarse los jueves al trabajo y acudir a las sesiones insoportables en el juzgado. De releer por enésima vez los cargos y comprobar infundadas las acusaciones. Noventa dias que se habían pasado volando, como en un suspiro. Y pensar que antes las aglomeraciones de gente la sofocaban, que no soportaba siquiera la idea de viajar en omnibus. Que todo lo que pedia le era concedido, como si pronunciara las ordenes al genio de una lámpara mágica.
La llegada hasta la celda, el recuerdo de la última imágen, las miradas encontrándose de nuevo. Verlo un poco más delgado, con la media sonrisa tratando de aparentar tranquilidad. Iniciar con las preguntas de rigor: sobre su salud, sus achaques, saber si lo estaban tratando bien.
Soportar ella ahora el interrogatorio. Las respuesta guardadas para no empeorar las cosas: "si, estoy bien, no te preocupes" -(hoy me senti terrible, la espera se me hizo insoportable)- "claro, la otra semana puedo traerte un poco más de ropa" -(¡¿maldición, porque me haces venir hasta aqui?¡)- "si, sabes que te quiero" -(¿Y si a mi me pasara lo mismo, vendrías a verme como yo lo hago?).
El tiempo transcurrido a cuentagotas. Las últimas recomendaciones antes de partir. Memorizar lo que falta para conseguirlo la próxima vez. Volver a la fila, aguantándose otra vez la pena, recuperar su identidad, tantas veces prestada. Pisar la calle nuevamente, y sentir el alivio de la libertad en cada respiración.
El regreso a casa. Los afectos quedándose en el camino y el sello en el brazo volviéndole a quemar la piel. Los dedos mojados buscando atenuar las marcas. El recordatorio innegable de su visita semanal. El suspiro de resignación ante la piel enrojecida. Y los ojos ya débiles por el cansancio, abiertos completamente para no traicionarse. Y asi poder terminar el viaje desolado y repetido que la devuelve a la realidad.

No era la primera vez que bailaba de ese modo, tan desinhibida, tan despreocupada. Antes lo había hecho en su habitación, mirándose en el espejo, aferrada a sus peluches, imaginando los brazos del amante que la rodeaban con fuerza, sujetandola para no caer en la soledad ni la tristeza de la vida cotidiana.
En el colegio habia salido muy poco, casi a ninguna fiesta. La severida religiosa impedia esos placeres. Los mantenia relegados, prohibidos. Pero al llegar a la pubertad las cosas ya habian cambiado y no quiso permanecer en el internado por más que le insistieron. Pero la familia no tenia de que preocuparse. No era una oveja descarriada. Era buena para el estudio y habia logrado ingresar a launiversidad.
Y en ese ambiente de estudios, en aquella primera fiesta, en una despedida de soltera, fue donde sintio la primera sensación. Mareada por los coteles y la cerveza, se subio a una de las mesas y empezo a hacer su propio show,quitandose las prendas una a una, alentada por el vitoreo de sus amigas, hasta quedar desnuda agitando el brassiere com simbolo de triunfo. Fue allí donde sintio la mirada,los ojos fulminantes que la dejaron estática y la obligaron a cubrirse inmediatamente.
No lo comento con nadie nunca, por temor y por vergüenza, y trato de ocultar el sentimiento, enterrarlo para siempre. De noche, se desvelaba tratando de encontrar la respuesta.Todas las enseñanzas del colegio eran inútiles ahora. Necesitaba respuestas. Solo habia un modo de saber la verdad. Se vistio con su mejores trapos, con el alma dispuesta a encarar al demonio que la estaba torturando.
Al llegar al local el baile ya se habia iniciado. Los hombres, elegantemente vestidos, las mujeres en traje de noche, la vieron llegar sola y sentarse a la mesa. No se sorprendio con la primera invitación. Ni con la segunda. Ni con las tarjetas de presentación que el mozo le fue acercando, ni con los comentarios que alcanzaba a escuchar como navajas silbando a sus espaldas. Estaba decidida a resolverlo todo esa noche.
Y entonces sintio el aroma llegando nuevamente, deslizándose desde su espalda hasta la nariz transportandola al momento de aquella fiesta ahora tan lejana y no necesito mirar para aceptar la mano que se extendia hasta ella invitándola a bailar.
Caminaron hasta el centro de la pista de baile, con las manos entrelazadas ante la atenta mirada de todos. Y frente al espejo enorme que amplificaba el salón, miro sus formas ondulantes repetidas bailando al unisono, como el oleaje del mar, juntándose cada vez más en cada embestida y supo que no tenia escapatoria.
Cerro los ojos, aferrándose al cuerpo femenino que la tenía prisionera y le regalo su primer beso, profundo y natural de mujer.

